

http://www.abc.es/20080830/opinion-firmas/socialistas-denver-20080830.html
En las cálidas noches valxeritenses, junto a las frescas gargantas durante el estío: No nos hemos sumergido en los profundos y oscuros recovecos del alma humana. Plácidas, cálidas: noches valxeritenses. Bitácora.
No he conocido mayor cretinada que esa que dice: “cada uno tiene que defender uno sus ideas” u otra parecida, escuchen la sandez: “uno tiene sus ideas y tiene que defenderlas”, que viene a ser igual que lo primero cambiando el orden de los factores. Normalmente las sandeces la dicen los sandios, aclarémoslo, y ahora va y resulta que cualquier politiqueo de tres al cuarto y cualquier conversación política mediocre le llaman, válgame, tener uno sus ideas y, por añadidura se dice, defenderlas. Y normalmente quien dice eso, hablando de política, no suele tener ni idea de lo que es tener una “idea”; porque, la verdad sea dicha, ¿no piensan que no hay nada mas tonto que, por ejemplo, morir uno por sus ideas? (¡Madre!!Y estos son los que nos gobiernan!: panda de mediocres). La idea, creo yo, se confunde con ideología: que es lo que pasa cuando unos pocos, los que quieren hacer política –anda y la hacen- tienen cuatro patochadas en la pelota inflada. Y es que la idea la creo Platón viendo que el mundo era caduco y las verdades perennes. Y ahora va uno cualquiera, me da igual el partido político y va y dice meneando el dedo: “es que yo tengo mis ideas”. La patochada no puede ser más hilarante: me troncho. Cerremos brevemente el paso a las metáforas como a vírgenes locas. Sepamos que es la «idea». Poco me imagino que han reflexionado de donde viene el término: a ellos que les importa, con soltar berridos, eructos y pedos mentales cada vez que hablan les vale. Venga vale voy a decir una cosa que a todos les va a parecer extraña: la “idea” es agua. Vaya veo que os reís: pues en verdad os digo una cosa, eso que he dicho está mas cercano a lo que es una “idea”, que esa idea que los rebuznadores de ¿Ideas? suelen decir. Pero decir eso de que es agua, y que no entendéis, para vosotros que yo lo diga es como si lo dijera Tales o Perico el de los Palotes ¿Verdad? Ideas, menuda cretinada; no os referiréis, más bien, a Valores, que como quien dice son “juicios a posteriori”, que a los politicuatres les suena a chino mandarín ¿Porqué tenemos que amantarles, señor mío? La cosa se simpática: venticinco siglos resolviendo lo de la idea y va, y resulta, que aquí y allá la tienen unos cuantos tertulianos vecindones que tienen “ideas”. Que, no nos engañemos, es como decir que tienen unas cuantas verdades cetrinas para sí, y mis santísimos son pares… y sobre esa razón vital con la cual elaboran sus conceptos construyen su “realidad política”. Me parto el rabo cuando los escucho. Me encuentro con cada eleata defendiendo sus “ideas” que para qué las prisas, no se si parecen Jonios o Corintios o si se encuentran en el Parnaso o, a más a ras de tierra, en el Pireo: Veámosle: todo los saben. Iluminados por el saber experiencial de una larga vida jugando la partida o contemplando el mundo (que dicho sea de paso, no sale de su pueblo – y no me refiero a pueblo concreto-, como quien dice su ombligo, un par de kilómetros a la redonda, como apretado entre varias peñas). Ahí les veo, elucubrando, ¿Quizás como Heráclito indagando sobre el ser de las cosas? Ya, ya, más quisiera. ¿A ver que dice?: “los atentados del 11-M los provocó el ZP”. Y encima hay que reírle las gracias y aplaudir su elocuencia: ¡Bravo, bravo! Resulta que “la idea” consiste en la mayor peripecia humana construida por cerebros egregios y va y resulta que éste tiene ideas y oye las defiende. ¿No me digan que no es para reírse? Pues a mí ni pizca la gracia que me hace. Resultan que van y confunden lo que es “idea” con “pedo” o “rebuzno”. Pasando sin detenernos junto a Demócrito, el hombre de Abdera, tal vez después de Platón la figura más grande en la historia de la filosofía, lleguémonos a un tropel de gentes nuevas que avanzan disputando en largas oraciones. Son los sofistas, y el máximo, Protágoras. ¿No, no, que dice usted? Miren las ideas simpáticas: “los del PSOE son todos unos vagos”, sentencia. Han llegado al concepto: a la madre del cordero: PER. Largo recorrido del “idealismo” para concluir en sonora majadería y aguda conclusión. En fin: yo solo se que no se, que ya es algo, para éstos que defienden sus ideas lo tienen plaro.
No son estos días de estío adecuados para el caminar sereno; el otoño, viene mejor. El viajero no quiere, sin embargo, perderse la ruta famosa que nos lleva por la sierra de Tormantos hasta el lugar donde la serrana de
Inicio de la ruta de la serrana de
La de Poserrano, Pozas y Valtorete son las tres fuentes que esperan al viajero; sabe, además, que estos boscajes veratos son frescos: crecen los helechos, y, además, los musgos cubren las piedras graníticas desprendidas. En cualquier lugar hay un regato, una sombra, un lugar donde rellenar la cantimplora, desabrocharse los zapatos, soltar la mochila, fumar un pitillo y meter los pies en agua; el paisaje es boscoso: lo conoce bien. Empieza a despuntar el alba. La singladura puede ser difícil, le consta, pero prefiere no ir pertrechado de móvil. Él es así. Lo habitual es recorrer la ruta cuesta abajo: iniciar en la localidad de Piornal el camino, recorrer la altiplanicie serrana, por la zona de los helechales, donde se solazan los piornalegos, y, posteriormente, bajar el puerto por la angosta trocha; sin embargo, el viajero es un buscador, un buscador fluvial, añadiría: no en vano, él mismo así se define. Aunque nada tiene que ver, claro está, el ser un buscador fluvial para que éste ande cuestas arriba siguiendo rutas recónditas de mitos pasados: Sin embargo el viajero, argumenta, trata de recorrer la “ruta de la serrana” tal y como alguna vez debió de hacerlo, en caso de ser ella la serrana de la vera, la doncella –tal vez-, Isabel de Carvajal. El viajero no es verato, pero se conoce bien las trochas, caminos, sol y brisas tormanteñas: no hay cuidado. Al pasar por el puente, bajo el cual una cristalina garganta verata fluye aguas abajo, el viajero siente que, otra vez, el reloj que mide el tiempo le juega una mala pasada. Hay menos luz, pese a ser más de mañana y pese a que un segundo gallo se alborota. El bosque parece más oscuro, más frondoso, más sombrío. El viajero mira hacia atrás, al cercano pueblo de Garganta de
El padre de Isabel de Carvajal
El viajero es alguien misterioso; él, asimismo, se define como un buscador fluvial. ¿Quién es el viajero? Escuchémosle, el nos lo relata: “Voy a decir sobre mí algo que hasta la fecha nunca había dicho: soy un buscador fluvial. No voy a ocultar a nadie que he recorrido sendas fluviales de belleza inusitada. Desde sabios ríos fronteros, hasta las cristalinas aguas del Xerete”. El viajero inicia el ascenso de la ruta. Los caballeros ya pasaron raudos y el ruido que los cascos de sus corceles se hijo imperceptible. Los campesinos se dieron media vuelta, todos, excepto uno, que sigue, con los ojos perdidos, mirando los ya más claros contornos de Tormantos. El viajero lo reconoce por sus ojos y lo mira; sin embargo el campesino, que tiene la mirada perdida, se haya inmóvil. Dos movimientos continuos en un lugar parado por el tiempo: el viajero sigue la senda que le lleva por la ruta serrana y el viajero, a la vez, se encuentra mirando a un padre de ojos perdidos.
La serrana de
El corral de Zapateros
Hoy en día la ciudad de Alcalá de Henares se encuentra muy cambiada, pero bien puede decirse de ella que fue un modelo de ciudad barroca; el acceso está sembrado de rotondas viarias donde, cada mañana, se amontonan cientos de vehículos en inhóspita madrugada. Pero hubo otros tiempos donde en ella rivalizaban estudiantes con manteos de colores; las riñas entre bandos eran habituales y por las noches la ronda del Rector de San Idelfonso salía por las calles en búsqueda de truhanes, pendencieros y alborotadores varios que, con mal vino, se daban cita en el “callejón del peligro”, junto a “la posada de
Pues por la fe de hombre honrado
que no lo hagáis, que aunque estoy
viejo, padre de hijos soy
;y si el cielo no me ha dado
varón que pueda volver
vida arrestando y honor
por las ofensas, señor,
que vos me podáis hacer,
una hija me dio el cielo
que podré decir que vale
por dos hijos, porque sale
a su padre y a su abuelo;
que fuera de la presencia
hermosa, tan gran valor
tiene, que no hay labrador
en
que a correr no desafíe,
a saltar, luchar, tirar
la barra, y en el lugar
no hay ninguno que porfíe
a mostrar valor mayor
en ninguna cosa de éstas,
porque de las manifiestas
vitorias de su valor
tienen ya gran experiencia
que es su ardimiento bizarro
.De bueyes detiene un carro,
de un molino la violencia;
corre un caballo mejor
que si en él cosida fuera,
y en medio de la carrera
y de la furia mayor,
que parece que al través
a dar con un monte viene,
suelta el freno y le detiene
con las piernas y los pies
.Esta mañana salió
en uno al monte a cazar,
y casi todo el lugar
tras ella, que la siguió siempre que a caza ha salido,
por verla con la escopeta cómo los vientos sujeta,
que ningún tiro ha perdido
al vuelo, de tal manera
que no hay ave que la aguarde
ni todo el furioso alarde
de los brutos.
El viajero sigue su camino cuestas arribas; recuerda su vieja ciudad de Compluto y sus largos paseos por ella; ciudad por luengos años olvidada, ruinosa, vilipendiada y ultrajada. Ya volveremos a ella, pues en su corral de comedias tiene lugar un acontecimiento singular: se representa el primer acto de la comedia de Vélez, la serrana de
Las últimas estribaciones de Gredos
Fue Unamuno quien trato de buscar la tradición eterna; en “en torno al casticismo” es un libro ejemplar en ese aspecto. El viajero lo recuerda, mientras sigue su camino, por las trochas serpenteantes. La luz ya ilumina con nitidez el camino y, a lo lejos, el campanario de Garganta de
Unamuno recorre
Unamuno, como viajero, con su traje impecable oscuro, sus anteojos, alto, algo desgarbado, viene montado en un caballo que le trae desde Navalmoral. Es don Miguel, por entonces, una de las autoridades intelectuales hispanas y hace viaje por el suelo patrio buscando la raíz, el lugar, de un problema ontológico, vital: es el problema de España. No será él tan solo quien recorra tierras extremeñas; posteriormente, Marañón visitará las Hurdes; la visión surrealista a ese problema, sobre el ser de lo Español, la pondrá otro genio, un intelectual del cinematógrafo: Luis Buñuel. Pero sigamos con Unamuno, mientras nuestro viajero sigue sentado en una piedra musgosa, contemplando el pueblo de
Una ciudad del Barroco
Es la ciudad de Alcalá de Henares una gran desconocida; vieja señora de ladrillos derruidos que, hasta hace poco, mostraba un paisaje desolador. Sin embargo, cuando corre el siglo XVI y XVII es una de las ciudades más populosas del suelo hispano; a sus muros llegan estudiantes, y profesores, de todas partes. Unos buscando la justicia foral, otros, de veras, para reconstruir la ideal comunidad platónica que Cisneros quiso crear. Y, dirán ustedes, ¿Qué tiene que ver la serrana de
El pueblo y los genios
Gratos recuerdos me han evocado los ritmos cálidos de Bob Marley, gracias a una amiga. El día está húmedo, cargado, denso; una fina lluvia caía esta mañana por las sierras valxeritenses; lo justo para refrescar las sienes de mi cuerpo sudoroso; en casa, al caer la tarde, el bochorno, las cálidas nubes pesadas… y una hamaca… y Bob. Todo sigue siendo falso, una enorme mentira, excepto el calor, la hamaca y los ritmos de Jaimaca; me preparo un Gin-Tonic. Hielo. Burbujas. Limón. Y Bob. Y el mundo es una mentira. Los hielos chocan contra el cristal del vaso,
Con este artículo quiero dar contestación a un amigo, espero que él me permita llamarle así, de los que se han dedicado a la política, como suele decirse, ejerciendo cargos públicos: sin dejar de encomiar su labor como hombre público y sin dejar de valorar los buenos hombres y mujeres qua hay trabajando en los municipios, a este amigo, como digo, le vi un tanto molesto cuando les decía que, por regla general –no olvidar que digo regla general- muchos de los que se dedican a la política (en especial me refiero a la política local, aunque también abundan, y mucho, en la política nacional –y si no leer mi artículo sobre el debate Solbes-Pizarro) son politiqueros de tres al cuarto, sumamente mediocres. Eso sí reconozco la dificil tarea encomendada a los Sanchiles (buenos gobernantes), los cuales, haber, los hay y sé que muchos más de los que algunos creen que yo creo que hay ; entronco también con el comentario que hago a Ginebra en el anterior artículo y que les dije a unos politiqueros, estos sí, de sentido ideológico contrario al de mi amigo, para que vean que reparto por igual a los de un partido como a los de otro. En fin, la respuesta, junto con mis argumentos, que le he dado es la siguiente: Como lo que allí escribí lo escribí antes y tu me respondiste aquí, puede haber habido un malentendido y puedes haber creído que seguía dándole a la manivela el asunto que, para mí, estaba ya zanjado y tan amigos. Me alegra debatir contigo; y es muy posible que sean más los puntos en común que los puntos discordantes. Debido a que me das respuesta a mis argumentos, con apabullante precisión y razón suficiente, he decidido contestarte; principalmente las reflexiones que hago son particulares y que han tardado un largo tiempo vital en llegar a ser las que son. Éstas aparecen como punta de Iceberg y pueden parecer, si de mí lees tan solo lo que está entrecomillado, que te lleves una falsa impresión de mi pensamiento y su mayor o menor profundidad. Ginebra me conoce bien y circunstancialmente iban dirigidas mis apreciaciones a ella, que podía entender todo el sustrato de lo que digo y porqué lo digo. Mis “noches valxeritenses” surgen como un modo de participación política en lugares que, a mí entender, la política sigue pareciendo carpetovetónica. Y suelo usar mucho esta palabra porque, efectivamente, la política ha quedado enclavada en los años de Maricastaña que viene a ser en
Inicio, con este artículo, una serie de meditaciones sobre la obra de Ortega y Gasset y nada mejor que hacerlo que con su primer libro: meditaciones del Quijote. Me mueve a ello, como el propio Ortega señaló, el amor intellectualis que usó Spinoza. Creo que la mejor manera de adentrarse, o introducirse, en una disciplina cualquiera es la de coger algún autor importante y desentrañar su pensamiento y su obra de cabo a rabo, sin dejar flecos, con constancia; y preciso que iniciarse con Ortega para el pensamiento filosófico es una oportuna propedéutica. Principalmente así lo creo porque Ortega, además de pensador, era un excelente escritor. Son muchos los que le han puesto esta tremenda tacha a Ortega: Ortega, decían, no es filósofo, es escritor. Dándose poca cuenta sus detractores de que las circunstancias dentro de las cuales se debatía Ortega era una: España. Y que España tenía una amplia tradición literaria y, en cambio, una limitada tradición sistemática filosófica. Posteriormente, en su obra ¿Qué es filosofía?, se felicita por haber conseguido que los españoles se interesaran por la filosofía, siendo él un profesor de filosofía in partibus infidelim, en tierra de infieles. Así que es casi ocioso justificar que su primer libro tuviese por título meditaciones del Quijote. Uno de los libros más importantes de filosofía escritos por un español y publicados por un español se etiqueta en sus lomos como una reflexión del Quijote, la más celebrada cima de la literatura universal, que tiene su inicio vital aquí, en tierras manchegas. Por ello, hay que rebatir a los detractores de Ortega de la siguiente manera: la forma de filosofar de Ortega es a través de la literatura y, en especial, usando la forma literaria: el ensayo. Ninguna otra forma le hubiera valido para filosofar en España. Sus detractores, como vengo repitiendo, asumían que en Ortega no había filosofía y sin embargo, detrás del prólogo y en su reflexión sobre Cervantes y el Quijote toda una teoría de la realidad. Fue necesario la publicación de las lecciones de filosofía que impartió en un famoso teatro madrileño, en uno de sus libros eminentemente filosóficos, para que se dieran cuenta que en Ortega había sistema; pero ese sistema solo emerge por inmersión, valga la aparente contradicción, para contemplar el Iceberg del que nos habla Marías en bloque. Quiero señalar que para adentrarse en la filosofía Orteguiana, como de cualquier otro autor, no es posible aprehenderla bajo los esquemas y resúmenes: hay que sumergirse y mirar con escafandra marina para contemplar tanto lo que asoma como por lo que se oculta. La importancia de meditaciones del Quijote, un ensayo, una obra literaria que como tal busca la belleza –y por tanto la verdad- es mayúscula: porque todo el pensamiento Orteguiano se encuentra en él dibujado. Ya no sólo por el archirepetido inicio, sino, fijémonos, por otras pinceladas: “Héroe es –nos dice- quien quiere ser el mismo”. Es esencial comprender que la filosofía no solo se encuentra en los sistemas filosóficos; Ortega se estrelló, reconozcámoslo, en los sistemas filosóficos, hasta el tanto que creo que la forma de filosofar continental, el idealismo Neokantiano, en boga por los tiempos de estudiante de Ortega, el jóven Ortega no entendió, como se dice, ni papa. O no se si tanto, pero embrollado hubo de parecerle un rato largo. Así que decidió pensar al estilo español y que mejor que usar el ensayo como modelo de reflexión. Precursor del ensayo fue Montaigne, pero fue sin duda Ortega –junto con otros de su generación, como Gregorio Marañón – quien lo dota de sustancia íntima intelectual en grado sumo. La filosofía es amor al saber, amor a la verdad y no en vano así la conceptualiza Ortega en sus meditaciones del Quijote: “la filosofía es la ciencia general del amor”. Y entroncando con la tradición ensayística, el amor intellectualis, el ensayo es el género literario que mejor expresa tal emoción, pues en él siempre podemos encontrar el “laberinto de entretejidas voces” del que nos hablaba Borges. Se puede tachar de falta de originalidad, es cierto, pero el juego lúdico del ensayo, por selección, hace que se ponga de manifiesto uno de sus elementos básicos: el “yo” subjetivo en la inextricable avalancha de objetos culturales, que suponen “la circunstancia”. El método elegido para filosofar por Ortega no pudo ser más consecuente con su filosofía; que feliz noticia que el hubiera elegido, y además muy conscientemente, dicho método; pues si de lo que trataba era rebatir a los sistemáticos neokantianos, que no eran auténticos, porque eran, principalmente, aburridísimos, como quien dice sin sangre, sin ebullición, sin temple, que mejor que el ensayo para filosofar en tierra de infieles.
Como andan los tiros por las relaciones laborales: las relaciones del oeste. Un oeste un tanto incierto, me parece, pues los que tiran a matar siempre son los mismos y los que van desarmados, como quien dice sin paga, son los de siempre. Se impone un modelo de relaciones laborales que yo llamo de crisis, de recesión. Éste, por si ustedes no entienden de la materia, que yo sí, es el siguiente: Monto un chiringuito (inmobiliario, por ejemplo), hago dinero, lo meto en la maleta, hago las inversiones oportunas a nombres diferentes a mío, cierro el chiringuito… y pum, pum…: una filosofía neoliberal de las relaciones laborales. Cuando a Aznar, en su día un hombre pragmático, sin ataduras ideológicas, le pusieron en el Poder los que le pusieron: los dos grandes complejos económico-financieros (BBV-La Caixa – con Repsol, Gas y Telefónica-, por un lado, y Santander/BCH, por otro) andaban buscando una recesión como la que se tercia hoy en día. Lo que le han fallado han sido sus estrategas, y por ello han andado a la deriva. La filosofía es bien sencilla, y arto estoy de saberla, por escuchar la radio inter-economía, y por conocer a algún que otro de sus reverendos. Materias económicas que entroncan con el interés que tengo sobre lo moral y su filosofía: la ética en los negocios y en las relaciones laborales. Eran tiempos del empresario, la moral del tiburón: el empresario no es un desalmado social, con crean, y en cuanto dispone de su ámbito adecuado (gastos públicos paupérrimos, impuestos ligeros y contrato civil para el de trabajo) está más que interesado, el benemérito, en colaborar en beneficio de la comunidad -¡Qué buenos son, los señores empresarios, qué buenos son que nos dan de trabajar!-. En “buen capitalista” había sido despreciado hasta entonces, y sus hijos y sobrinos, corifeos suyos y con masters en el IE, abandoreleando el “alabaré” los domingos, día de nuestro señor, había sido despreciado hasta entonces: y sólo espera que vuelvan las condiciones favorables, que majos, para desarrollar su tarea social: a partir de ahí las recetas liberales auguran mayor crecimiento económico, mayor riqueza y más empleo. Vamos, los mismos argumentos que comentan el cenutrio del Land Rover, el de la viserilla, el de la camisa de cuadros de canal siete en sus tertulias al fresco entre afines en cualquier pueblo de política carpetovetónica, todos ellos expertos en análisis balances, cuentas de explotación, apalancamientos financieros y ratios de solvencia. La primera medida que se tomó fue eliminar el horripilante y bochornoso contrato de aprendizaje que permitía ser aprendices a maromos con canas. Solución: nuevo contrato para fomentar “la contratación indefinida”. Modo: “despido por causas objetivas” más barato: decovin deconvan de la vera vera van dijo el padre en la cocina ¿Cuántos dedos tengo encima?... dos reales y medio: “pa” cuando cierre el chiringo. Ahora vean ustedes la jugada: vieron la del chiringuito ¿Verdad? –lo llaman franquicia de “Don Piso”, por poner el caso- y ya saben lo de la maleta ¿Me copian?. Y ¿Qué se ve? Al joven hipotecado con ojos de corderillos degollado, hasta hace poco con callos en los pies de patearse tanta calle, al que se le hace la siguiente propuesta: Mira chaval o aceptas una semanilla de indemnización por despido procedente, y a tu casa, tan contento, o ya sabes, por una birria cochina de 33 días por tres cochinos años inicias procedimiento, pero cuando llegues, yo ya habré desaparecido, así que vete al FOGASA y espera año y medio. Respuesta del corderillo recién degollado: venga la semanilla. Lo que les digo una filosofía neoliberal de relaciones laborales. Anda y que les den. Algunos de los neoliberales, que se dedican a hacer punto, a escuchar la cadena COPE, y leer
La filosofía, es sabido, no es realmente el título académico ni los estudios que se imparten en facultades y escuelas. Vivir como filósofo es optar por un estilo de vida: es una decisión moral. Desde tiempos antiguos esto ha sido así; vivir como filósofo hoy en día en nuestro mundo se hace realmente difícil, sino imposible, o de locos, como veremos. La filosofía, repito, no es un cúmulo de conocimientos o una sabiduría almacenada: tiene más que ver con una actitud que con unos conocimientos. Por ello, no es necesario viajar al pasado y revistar lo que los antiguos filósofos clásicos escribieron; ni zarandajas, ni notas al pie de página. Ya lo dijo Cervantes para su Quijote. Los personajes cervantinos tienen más de filósofos que la caterva de egresados ciruelos que salieran de las aulas salmantinas o complutenses. Letrados no eran, no: figúrense, si no, a Sancho, que por no saber, no sabía leer o escribir. Pero Sancho, como Don Quijote, buscaban un objetivo: ser justos en sus acciones. No son los libros, repito por tercera vez, lo que hace al filósofo filosofo lo que lo hace, a quién lo es, es querer llevar una vida de búsqueda del bien y la verdad. Así, como suena. Yo creo que pensamiento más loco no puede haber en el mundo. Los filósofos, creo, se terminaron en la antigüedad clásica. Hacer renacer la actitud de esos tiempos de gloria, no sabemos en el fondo si legendarios, fue lo que trataron de hacer los personajes Cervantinos, que vivieron como filósofos. Estoicos las más de las veces, es cierto; pero sabios, al fin y al cabo, por su actitud. Si ya por los tiempos herrumbrosos de la edad de oro llevar a cabo esa actitud vital de búsqueda de la verdad y del bien llevaba aparejado el calificativo de “locura”, ¿cuanto más lo puede ser hoy?. Hoy ya no es de locos, es casi imposible. Aunque haber, los hay. La figura imaginada por muchos, es cierto, del estudiante de filosofía de hoy en día es la de, en el concepto nacido hacia la década de los 60 del siglo XX, la de “la contracultura”, lo más parecido a un hippy, el que se bañaba en el barro de Woodstock, y esa imagen ha llegado a muchos; cosa que no es del todo cierta: si la búsqueda no es de una buena vida, de pegarse la vida padre, bajo los ideales de búsqueda de lo que es justo no se es un filósofo. Para ser un filósofo se necesita un muy importante requisito añadido: la libertad. Sin ella, el filósofo, no lo es. Pero ¿Es realmente posible la libertad? Y yo contesto que sí. Pero, la libertad es un atributo de unos pocos elegidos o, más bien, un atributo de unos pocos que eligen el camino de la libertad. Camino difícil y lleno de espinas. Camino complejo si tenemos en cuenta que la vida, la “realidad radical”, como quería Ortega, consiste en un continuo proceso humano de lobos hominem ad homine: El que coge la sartén por el mango, el que evita que se la cojan, el que arrea el sartenazo, y el que, indefectiblemente, recibe los palos. Elegir y encontrar el camino hacia el lugar donde la sartén no te aporree la cabeza es muy difícil: de tal modo ¿Puede ser filósofo quien no tenga medios económicos suficientes como para no depender de nadie? Para ser filósofo se necesita independencia económica e incluso diría, ser elegante: esto es saber elegir. El más insigne filósofo español, Ortega, no era de los que se caía en los pozos mirando la luna; era un burgués, bien vestido y liberal. Así que deshechemos la idea de que el filósofo es un harapiento: aunque es cierto que Diógenes era un ejemplo diferente. La moral del Epicuro tampoco estaba mal, por cierto. Pero repito, la decisión de ser un filósofo y, además, conseguirlo esta vedado a muy pocos: puesto que es una vida exlusiva de hombres -o mujeres- excelentes.