Noches de Bagdad; una delicia para trasladarse al pasado de una
civilización milenaria de filósofos, artistas, caravanserais y
comerciantes.
Las masacres en Gaza, Siria, Irak, París o Nigeria nos recuerdan las
profecías de André Malraux: “el siglo XXI será religioso o no será”. Los
fundamentalismos religiosos protagonizan una guerra global que ha
escarnecido el optimismo ilustrado. El “choque de civilizaciones” ya no
es una hipótesis, sino una catástrofe cotidiana. No obstante, ninguna de
las tres grandes religiones monoteístas exalta la violencia. ¿Por qué
se producen entonces guerras y matanzas? El materialismo histórico
afirmaría que el “choque de civilizaciones” solo es una versión de la
lucha de clases. Detrás de las ideas, se esconden motivaciones
económicas. Esta hipótesis no es completamente falsa, pero su poder
explicativo es limitado. Al margen de las injusticias y las
desigualdades, la incomprensión del otro se ha agudizado
escandalosamente, tal vez porque el pensamiento se ha debilitado y
fragmentado, deteriorando las herramientas que nos permiten adentrarnos
en lo diferente y descubrir su sentido. Nietzsche jamás se habría
planteado el diálogo entre las distintas culturas, pues su modelo de
referencia era la Grecia clásica. Marx habría obviado el diálogo,
considerando que la lucha de clases es el único motor de progreso y el
debate ideológico solo es el barniz de conflictos materiales.
Algunos piensan que la deconstrucción constituye el canto del cisne de
la filosofía, pero se olvidan de la Hermenéutica, que se basa en la
apertura de la inteligencia humana a la alteridad. La Hermenéutica no es
una doctrina, sino una interpretación del logos como un interminable
diálogo con el otro y con uno mismo. Su máximo representante es el ya
desaparecido Hans-Georg Gadamer, que en 1960 publicó Verdad y método, un
clásico de la filosofía que propugna la “fusión de horizontes” para
interpretar la realidad y los textos alumbrados por el ingenio humano.
Una obra literaria o filosófica no es la simple expresión de una
subjetividad, sino una realidad textual que cada época interpreta de una
forma distinta. La verdadera interpretación no es un ejercicio
subjetivo, sino un punto de encuentro entre un texto y una época. En la
medida en que una interpretación reconoce sus límites, el horizonte de
la comprensión se ensancha. Siempre hay un más allá que garantiza la
continuidad del diálogo y la exclusión de la violencia, pues el ruido y
la furia son incompatibles con el pensar. La filosofía siempre es una
pregunta que se enriquece con el tiempo. “¿Qué es el hombre?”, se
pregunta Kant. Esa pregunta siempre permanecerá viva y abierta, pero en
el momento actual tal vez sea necesario formular un nuevo interrogante:
“¿Qué quiere el hombre en realidad?”. Al evocar una discusión académica
con varios colegas, Gadamer nos proporciona una respuesta que desborda
el ámbito del saber académico: “…lo que al parecer pretendíamos es que
el otro nos comprendiese, y quizás algo más. Queríamos reunirnos con el
otro, obtener su aprobación o, por lo menos, que se retomara lo dicho,
aun cuando fuese a modo de réplica u oposición. En una palabra: queremos
encontrar un lenguaje común. A esto se llama conversación."
Enrique Dussel; artículo en La Jornada.
Marroquíes se manifestaron ayer en Rabat frente a la Agencia Francesa
de Prensa en solidaridad con París, debido al ataque contra el semanario
Charlie HebdoFoto Ap
El incidente perpetrado
en París a manos de fundamentalistas islamitas nos llama a la reflexión
aplicable a otras situaciones del presente mundial, convulsionado por
una religiosidad de derecha sumamente peligrosa. Desde el comienzo
queremos indicar que nos referimos no sólo al fundamentalismo islamita,
sino igualmente a los fundamentalismos cristiano y sionista, que hoy
aterran a la humanidad. La izquierda modernizante entendió la crítica de
la teología (y de la religión) como su directa supresión. Con ello
encubrió el problema de la religión en sus formas profanas
(de la
que nos habla Marx en su teoría del fetichismo) y dejó a la teología
fundamentalista en la oscuridad, no sabiendo de su existencia ni
pudiendo criticarla. Ese fundamentalismo renace sobre sus cenizas y
reaparece desde una lógica ignorada por la izquierda, no por Marx, que
planteó explícitamente el tema.
Hoy, en enero de 2015 se nos presenta un acontecimiento que toma
desprevenida a la izquierda moderna y secularizante. Para Karl Marx la
historia, la filosofía y la teología se articulaban en el pensamiento
crítico. Por ello escribe en un texto célebre acerca de estos tres
niveles epistemológicos que:
“La misión de la historia consiste (…) en descubrir la verdad del más
acá (Diesseits) (…) La misión de la filosofía puesta al servicio de la
historia (…) está en desenmascarar la autoenajenación bajo sus formas
profanas (…). La crítica de la teología se torna en la crítica de la
política.”
Veamos entonces la relación de estos tres niveles: historia,
filosofía y teología, quizá para escándalo de marxistas tradicionales y
de antimarxistas cristianos (y de islámicos, taoístas, sionistas,
etcétera).
En efecto, Marx escribió de su puño y letra que Thomas Münzer, por medio de la Biblia, enfrentó el cristianismo feudal de su época con el sencillo cristianismo de los primeros siglos
. Y continúa: Los campesinos utilizaron este instrumento contra los príncipes, la nobleza y el clero
. Ese instrumento
es un volver a los primeros siglos
del cristianismo, cuando era mesiánico. En América Latina, al comienzo
oscuramente y posteriormente con toda claridad, se entendió que Marx se
estaba refiriendo anticipadamente a lo que hoy llamamos Teología de la
Liberación, que en su versión más radical y primera es una crítica de la
teología fetichizada (como la utilizada por las dictaduras militares a
partir de 1964, que actuaban en nombres de la civilización occidental y cristiana
)
para abrir el horizonte de una crítica de la política liberal y de la
economía capitalista. Deseo reflexionar unos instantes sobre la
cuestión, no situándome subjetivamente como creyente de una comunidad
religiosa, sino desde la objetividad sociopolítica, cultural y económica
del mundo actual. Por ello, de una manera aún hoy provocativa y
chocante, también contra los marxistas vulgares (me animaría a agregar),
escribe Marx:
Por tanto (pensaba Münzer), el cielo no es cosa de otro mundo; hay
que buscarlo en esta vida, y la tarea (aún) de los creyentes consiste
en establecer aquí, en la tierra, ese cielo que es el reino de Dios.
Para Marx, la religión fundamentaba o negaba cierta praxis.
Por ejemplo, el calvinismo reformuló el cristianismo para hacerlo
compatible con el capitalismo que nació en su seno. No olvidar que en
Escocia se practicó el presbiterianismo calvinista de John Knox, cultura
religiosa de Adam Smith, por ejemplo. Marx critica esa inversión
teológica y práctica del cristianismo (que ha dejado de ser mesiánico y
crítico como en los primeros siglos, posición también asumida por Engels
y Kausky). Si hay que efectuar una crítica teológica, es necesario
saber entrar
en la lógica del discurso teológico (que Marx
conocía muy bien, pero que el marxismo posterior ignoró completamente
hasta el presente) para mostrar que la teología cristiana es
esencialmente crítica del liberalismo en política y del capitalismo en
economía. Esta es igualmente la tesis de Walter Benjamin, hoy en disputa
interpretativa.
La cuestión se centra en el tema del fetichismo de las formas profanas
.
En efecto, primeramente, la teología moderna (española del siglo XVI)
criticó la teología medieval (que con Ginés de Sepúlveda fundamentó
teológicamente el colonialismo y el capitalismo naciente). Después, con
el calvinismo, entre otros, se criticó la teología católica de la
primera modernidad preindustrial, fundando la posibilidad de una
completa identificación entre cristianismo, colonialismo y capitalismo,
que desde el siglo XVIII será industrial (por la creación de plusvalor
relativo). Ese cristianismo escocés, calvinista, es el que critica
principalmente Marx. Leamos un texto un tanto inadvertido en la
tradición marxista (y por supuesto cristiana):
“De ahí que la crítica esté en su perfecto derecho, cuando obliga al
Estado (cristiano del norte de Europa) que invoca la Biblia, a reconocer
lo torcido de su conciencia (…) desde el momento en que la vileza de
sus fines seculares, que trata de encubrir con la religión, se hallan en
flagrante contradicción con la pureza de su conciencia religiosa.”
Marx, blandiendo la tradición teológica crítica del pensamiento
semita y cristiano mesiánico primitivo, critica el cristianismo
nord-europeo, que ha negociado con la política moderno-liberal (léase
igualmente en economía: con el capitalismo) su mutua fundamentación (la
religión sacraliza las formas profanas
de la política y la
economía, y éstas apoyan la religión invertida de la cristiandad,
criticada ya por S. Kierkegaard).
El mensaje del cristianismo mesiánico
de los primeros siglos no puede aceptar ni el liberalismo ni
capitalismo, ya estaría en contradicción con sí mismo. Esta
contradicción es lo que debe mostrar la crítica de la teología (sea el
crítico creyente o no). Y lo peor es que, a partir de la Ilustración, no
como crítica sino que negación de la religión, se proclama lo que mucho
después Nietzsche enunciará como la muerte de Dios
. Pero el dios
que muere es el del cielo, y renace como un dios profano
de la tierra, sacralizando o dioses profanos
constituyen el hecho del fetichismo que sólo una crítica de la teología (profana) puede erradicar.
Los fundamentalismos (cristiano, como el de G. Bush; islámico o sionista) son un retorno de un dios
(o un politeísmo como diría M. Weber) que justifica y absolutiza una
política, una economía, una cultura, una raza, un género, etcétera, y
usa las armas en vez de argumentos razonables, comprensibles para el
otro interlocutor (nadie como el fundamentalismo estadunidense utiliza
las armas en vez de argumentos: pretende imponer la democracia
con guerras en vez de argumentar desde la tradición del otro, por
ejemplo, con los creyentes del Islam a partir del Corán ). Al
fundamentalismo no se le vence con las armas (y no olvidar que fue la
CIA la que enseñó al fundamentalismo islamita en Afganistán a usar las
armas contra la Unión Soviética, y ahora cosechamos las consecuencias
sobre cuyo origen nadie habla), sino con argumentos razonables y con una
praxis honesta (como enseñaba Bartolomé de las Casas respecto
de la conquista). Pero esto último no entra en el horizonte de los
intereses del imperio. Se utiliza la violencia irracional islamita para
justificar y aumentar la violencia irracional del neoliberalismo
político-económico.
La izquierda honesta, por el contrario, debe comenzar una crítica de
la teología como momento de una crítica de la política liberal y de la
economía capitalista, tal como la practicó Karl Marx.