jueves, 6 de noviembre de 2014

Un texto de Marco Aurelio para sobrellevar las mañanas valxeritenses






Meditaciones, Libro V

1.      Cuando por la mañana te cueste trabajo despertar, ten presente este pensamiento: «Me despierto para llevar a cabo mi tarea como hombre.» ¿Voy a estar de mal humor por tener que hacer aquello para lo que he sido hecho y colocado en el mundo? ¿Acaso he sido constituido para permanecer calentito debajo de la manta? «¡Eso es más agradable!», pero ¿has sido hecho entonces para el placer? En general ¿has sido hecho para la pasividad o para la actividad? ¿No ves que las plantas, los pájaros, las hormigas, las arañas, las abejas hacen las tareas que les corresponden, contribuyendo así a la armonía del mundo? Y ¿tú no quieres hacer lo que corresponde a un hombre, ni apresurarte a lo que está de acuerdo con tu naturaleza? «También hay que descansar.» Sí, de acuerdo, pero la naturaleza ha fijado sus límites al reposo, igual que al comer y al beber, y sin embargo, tú traspasas esos límites y vas más allá de lo que es suficiente, excepto en tus acciones, en las que te quedas por debajo de tus posibilidades. Eso es porque no te amas, pues si lo hicieras amarías a tu naturaleza y su propósito. Otros, por los oficios que aman, se desviven dedicándose a ellos sin comer ni lavarse, ¿estimas tú menos a tu naturaleza que el cincelador su arte, o el bailarín la danza, o el avaro su dinero, o el vanidoso la jactancia? Estos, cuando se apasionan, no quieren comer ni dormir, sino sólo ver progresar las cosas por las que se afanan. ¿Te parecen inferiores y que merecen menos cuidados las cosas útiles a la comunidad?


(Marco Aurelio)

PENSAR LA RELIGIÓN: EL OPUS DEI COMO UN ENGENDRO DE LOT Y DE SU HIJA: LA TERGIVERSACIÓN DE LA RELIGION REVELADA POR LOS PROFETAS. ERASMO Y MARX. EL LUMINOSO CRISTIANISMO DE ERASMO DE ROTTERDAM










En la época de Introducción a una crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel o de La cuestión Judía, Marx es aún un pequeño-burgués radical democrático y reformista. La crítica a la religión fetichizada de los adoradores de Ammón (el dinero) y que hacen llamarse cristianos. La crítica, pues, a la religión es la premisa, según Marx, de toda crítica. Eso es interesante, pues El capital no va a ser otra cosa que una crítica teológica a esa religión fetichizada: el estudio de Ammón - fin último del luteranismo y el cristianismo fetichizado (como el del Opus dei) -. Una inversión del Dios Hegeliano de la Lógica. La religión de hecho como irreligiosidad: una conciencia de mundo invertida. Una religión falsa que es el opio del pueblo; no como fue la antigua religión de los profetas. Schumpeter ha dicho que el marxismo es una religión y Bertrand Russel afirmó algo similar. Que ello se desarrollase así no es tan extraño: Marx es un profeta y se comporta como tal, conocedor de Abraham, se comporta como tal. Es un gran conocedor de la religión de los profetas: Muy contraria religió a la Iglesia luterana-calvinista-opus deísta, que parece un engendro de las hijas de Lot reforcijándose con su padre en la cueva después de la destrucción de Sodoma (!Porqué Yahveh no acabó con ellos!!Porque la estirpe de los adoradores del dinero y de Moloch se expandieron por la tierra! ¿por voluntad divina?). Eso es, no otra cosa el Opus dei, la organización que manda en España. Como un engendro de Lot y de su padre; la tergiversación de la religión revelada por los profetas. El Opus se constituye en el catolicismo lo que fue el luteranismo y el calvinismo. Una organización económica que mueve los capitales por el mundo y se Hacen adalides del neoliberalismo católico: Los Teocons. Con negocios en todos los sectores y un sistema sectario de proselitismo para con lo económico. No es de extrañar que sus hospitales sean los mejores del mundo; o que quieran acoger el lugar donde la religión siempre consigue más prosélitos y donde la sanidad pública no puede llegar satisfactoriamente porque su fin es otro: en el misterio de la muerte. Y donde los menos avisados y sensibles son carne de cañón. Por ello la crítica de la religión se trueca en crítica de la política. La esencia de la religión para Marx, como lo fue para los profetas, como lo fue el cristo del sermón de la montaña, como lo fue para el evangelio de San Mateo - el evangelio más cercano al Jesús histórico-, es que la religión es una religión para la liberación de la humanidad, del hombre. Esa es la manifestación fundamental, la esencia concreta de la religión antigua. Sin embargo, la manifestación fundamental y la esencia concreta del luteranismo, calvinismo o opusdeísmo es otra: el cristianismo como fetichismo, como absoluto culto amonita: como religión de dominación. Y ante el que todo cristiano crítico debería levantarse. ¡Qué no otro levantamiento era el que hizo Erasmo de Rotterdam: el ataque a una jerarquía amonita vendida al culto de Midas! ¿Qué se esconde detrás? ¿Qué se busca con “la salvación de las almas” sino un apropiamiento de la subjetividad? !Un robo de la individualidad! Frente al cristianismo claro y diáfano de la vida en Cristo: La vida matrimonial, no la de los ritos, la vida que nos enseñó Erasmo: la vida del hombre honesto, casado, cristiano, que por las mañanas acude a su huerto, y por las tardes atiende a su familia, se sienta junto al fuego, y hace sus lecturas. El cristianismo luminoso como regocijo de vida y no de muerte, oscuridad, ritos y comuniones: que no es otra cosa que culto a Moloch, a Baal, a Ammón como praxis real; y los ritos como encubrimiento y mentira. Monachatus non est pietas. La vida conventual no es piedad. La vida de los hábitos no es piedad. !No es religión!!No es cristianismo! les espetaba Erasmo. Sin embargo. ¿Qué tenemos? Un a Dios rezando y en la bolsa (en el mercado de capitales jugando), la caridad como lavado de cara; como una falsa piedad. !Nom est pietas! Y todo ello convertido en un falso cristianismo: el cristianismo como dominación, como justificación de Estado. Pero para ver claro y sin legañas, hay que leer más: leer a Erasmo, a Hegel, a Feuerbach o al propio Marx y todos los análisis teológicos sobre las religiones. Y así comprender, en frase shakesperiana, del material de que están hechas las religiones de dominación y del porqué triunfa el Dios Ammón sobre la faz de la tierra y de sus aduladores. Porqué de esa moral de rebaño que atacó Nietzsche, y que aquí no compartimos del todo; no compartimos del todo a esos hijos de Nietzsche, no. Porque aquí no negamos la relación abstracta del hombre con lo incondicionado o absoluto, ni menos de la vida cristiana sencilla y honesta, sino el uso torticero de los absolutos como religión de dominación y muerte por parte de las jerarquías y del poder del Dinero

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Alcalá de Henares: un paseo por la Historia de España




En recuerdo de Alcalá de Henares; y orgulloso de ser alcalaíno y español hasta las trancas, como lo fueron Cervantes y Manuel Azaña; una ciudad donde la cultura y las calles son todo una: Góngora, Quevedo, Mateo Alemán, Jovellanos, Moratín, San Ignacio de Loyola, Nebrija, Cisneros, Erasmo, Juan de la Cruz, Tirso de Molina, Fray Luis de León, Francisco de Quevedo, Lope de Vega o, actualmente, el papa Francisco, pasaron por sus aulas o fueron rectores en colegios universitarios o tuvieron una significación axial para con la ciudad; cuna de reyes y emperadores, o lugar de encuentro en la I entrevista de Colón y los Reyes Católicos, que se desarrolló en el Palacio Arzobispal, en Alcalá; el capítulo del Temple, o aquel santo de Alcalá, San Diego, en cuyo honor se fundó la ciudad norteamericana. Alcalá de Henares es sinónimo de cultura, de teología, de tensas recitaciones y reparaciones doctrinales: tomistas contra escotistas, escotistas contra nominalistas: nunca una Universidad Española alcanzó aquel nivel ; la imprenta escupiendo libros prohibidos y herejes. Las cazas de brujas y la picota. Los profesores erasmistas quemados. !Oh! Alcalá tu si que sabes lo que es este país condenado y del demonio.
ALCALÁ DE HENARES: UN PASEO POR LA HISTORIA DE ESPAÑA

Es gratificante volver a Alcalá de Henares los Domingos por la mañana. Todo su casco histórico, hace años cerrado al tráfico, se convierte en peatonal y los madrileños de la capital, aprovechándolo, acuden en tropel para disfrutar de la vieja ciudad complutense. Parece que se han dado cuenta que a su vera tenían una ciudad patrimonio de la humanidad y, por fin, la han descubierto para venir a tomar las cañas y, a la vez, disfrutar de un recinto histórico cultural sin parangón en Europa. Me es muy difícil significar aquí todo el amor que siento por esta ciudad, los largos paseos que por sus calles he dado y como me interesé por cada piedra. Me es muy difícil significar aquí, además, qué es Alcalá de Henares y porqué merece la pena visitarla. El día que concedieron el título de Patrimonio de la Humanidad a Alcalá de Henares, mi pequeña patria, lo recuerdo bien: caminaba yo solitario hacia la Magistral cuando las campanas de la universitaria Iglesia, privilegio compartido con la de Lovaina, comenzaron a repicar en un sonido ensordecedor. Me llegó al corazón. Y a los oídos, por supuesto. Yo había conocido a Alcalá de Henares antes de su recuperación, cuando se convirtió en cinturón obrero y dormitorio en el desarrollismo de los años 60 y 70, y recordaba los vetustos edificios viejos hechos añicos, sin comprender que había ocurrido allí. Los ojos se inundaron de alegría, pues confirmo que más méritos no podía albergar una pobre ciudad de ladrillo humilde, centro cultural europeo del XVI, derrumbada entre cenizas. Ejemplo de “civitas dei”, fue sucesivamente aniquilada por la barbarie, la sinrazón y las bombas. Recorrer Alcalá de Henares es recorrer toda la Historia de España, en toda su amplitud, con lo bueno y con lo malo, con sus tragedias, con sus horrores y con sus éxitos. De las pobres gentes azotadas por la incuria y, a la vez, el esplendor. La cultura y el drama: Las dos Españas. Esas dos Españas que luchan denodadamente en sus calles. Calles donde albergaron las tres culturas: la judía, la árabe y la cristiana. El barroco, después de Trento, quiso apaciguar la herejía que se cernió sobre la ciudad y media España: el erasmismo, la crítica feroz al clero inculto e inmoral. Trento, poco tiempo después, cambió los aires de San Idelfonso: los conventos, con todo su poder económico, trataron de copar el espacio urbano, colocando sus espadones y cúpulas con el objeto teatral de salir a la calle, imponiendo su religiosidad a la urbe. Si la Universidad representó la luz de la Reforma española y, por tanto, del Renacimiento español, los conventos trajeron la oscuridad de los claustros, que rodearon la obra cisneriana del humanismo cristiano, atosigándola por todos su flancos. Al frente el edificio de los Jesuítas, congregación creada por un cocinero del Hospital de Antezana, llamado San Ignacio de Loyola. Por los costados, la cúpula de la Magdalena, metiéndose en el campo de visión en el patio de los filósofos, o de los gorrones, con muy mala uva y con toda intención. En el campo alcalaíno laten, humildemente, todas las tensiones de la España.Y que en 1936 estallan sus ráfagas en las paredes de la Magistral, como testimonio indeleble, o no tanto, de lo que somos. Alcalá de Henares se convierte en el lugar estratégico de la defensa de Madrid. Tres batallas se desenvuelven a su derredor: Jarama, Guadalajara y Madrid. El ejército republicano, dirigido por el general Pozas, y las huestes de “El campesino” se hospeda en los conventos viejos, desamortizados por Medizaval, que vienen a descansar del frente. Alcalá de Henares es la pequeña Roma: su casco histórico alberga la mayor densidad por metro cuadrado de conventos, que sirven de cuarteles, y sus maderas sirven de calefacción. Los chatos y los moscas despegan del aeródromo, en defensa de Madrid, y en el espacio aéreo surcan los Heinkel. Las bombas caen sobre Alcalá. En la plaza de Cervantes se escava un refugio, el palacio Arzobispal, la joya de Alcalá, arde, pues numerosos documentos se encuentran allí albergados. Desde el cerro de la Vera Cruz, lugar imaginario de la barroca idea religiosa de ciudad de Dios, como la que dibujó el Greco para Toledo, se contemplan las columnas de humo de Alcalá y, a lo lejos, de Madrid. Pero ¿Quién se iba a acordar de la pobre Alcalá, patria de Azaña, y alma mater? ¿Quien se iba a acodar que la joya del humanismo español, la biblia políglota complutense se editó allí -pieza fundamental para que Lutero escribiera la suya y el movimiento del cristianismo lector de la Biblia se hiciera imparable en el Norte de Europa? ¿Quién se iba a acordar que aquí nació el mundo Moderno y el desarrollo del norte europeo, gracias a que los traductores en Alcalá tradujeron la Biblia del griego y del hebreo, comparando todos los textos disponibles. Cisneros quería, como Erasmo, un cristianismo culto, lector, y que acudiera a las fuentes puras del cristianismo. No la vida monacal, el escolasticismo, el olvido del ejemplo de Cristo, los ritos, el enclautramiento, la celosía o el celibato.Y lo hicieron para toda Europa, sí, aquí, en Alcalá -que acudió a la verdadera fuente del crisitianismo, la biblia, gracias a la políglota complutense-. El catolicismo luminoso, el ideal caballeresco cristiano que propugnaba Erasmo de Rotterdam en la más eramista de las ciudades españolas: El Enchiridión, los coloquios, los adagios, el Elogio escupido en las imprentas de Alcalá: leídos por el pueblo llano, por los laicos, por los seglares, por el público culto y el bajo. Sin Erasmo y sin Alcalá no habría Lazarillo ni Cervantes. Y que aquí, en España, se significó en el atraso posterior, la de las élites eclesiásticas, los votos de obediencia, la de los sacerdotes, los monjes, las cofradías, el barroco, la sangre y los pasos de procesión de la España clerical y dogmática -que imposibilitaba leer la Biblia a los fieles haciéndoles incultos, muy a diferencia de lo que en Europa ocurría. Alcalá de Henares fue la Universidad que más teólogos envió a Trento: !cuarenta! después de haber quemado a erasmistas, luteranos y calvinista; Ni de que su imprenta produjo los libros de Erasmo, difundiendo las ideas de la Reforma. Nadie. Por eso, cuando sonaron las campanas de la Magistral sonreí feliz. La vieja y pobre Alcalá se lo merecía.

martes, 4 de noviembre de 2014

Ética y política en Manuel Azaña.


Una de mis preocupaciones intelectuales es la reflexión filosófica en torno a España.


MANUEL AZAÑA, ÉTICA Y POLÍTICA DE UN REPUBLICANO, UN INTELECTUAL Y UN BURGUÉS

Nació Manuel Azaña en una casa espaciosa, con grandes balcones de acero y cristal, que daban a la calle de la Imagen, en Alcalá de Henares. Una típica casa burguesa en una típica casa complutense: con su zaguán de entrada, que administra el paso a los patios interiores que sirven para dar luz a las estancias. Son las casas de la vieja Alcalá un tanto monacales, unas repúblicas para la reflexión interior, con esos patios empedrados. La de Azaña no era menos, y aunque su fábrica era propia del XIX no así su trazado, más propio de del XVII. El Diseño urbanístico complutense no es comparable a ningún otro: de materiales pobres, ladrillos del Zulema, y poca y mala madera (No así la de Azaña, toda una casa construida por ladrillos nuevos): las viviendas se encuentran en simbiosis con las calles. Las calles se trazan a cordel: son largas, espaciosas, apetecibles para el paseo sosegado. Los cánones renacentistas, clásicos, dictan que la altura de las casas sean igual a la anchura de la las calles. Quiere esto decir que la vieja Alcalá se planificó funcionalmente para albergar en ella una auténtica ciudad universitaria, nacida al efecto, y no como extensión del colegio catedralicio. Esta largura de las calles, esta racionalidad funcional, según los cánones de Vitrubio, hicieron que en el XVII se entablara una feroz lucha por comprar los terrenos mejores para colocar los barrocos conventos y, así, en perspectivas similares a la pintura, dar fin a cada calle importante, a cada cruce, con una cúpula, un espadón, un campanario. La batalla por los terrenos urbanos fue feroz: se trataba de mostrar la religiosidad al exterior de la calle, para mostrar quien manda más y quien más puede. En pleno corazón complutense nació, vivió, escribió y se formó en Joven Manuel Azaña. Servía su casa como espacio de recogimiento y, por tanto, un tanto monacal. Pero al punto que ponía sus pies en la calle los telones y fachadas de los conventos de Trento asomaban en calles y plazas. Anduvo Manuel Azaña por toda la calle del comercio, hoy soportalada y llamada mayor, hasta la calle de los libreros, lugar donde, en cada esquina se colocaban las tiendas donde los estudiantes, con sus manteos, compraban El Quijote, o, perdidamente, El Lazarillo, o alguna obra prohibida de Erasmo. Como ese magnífico los Silenos de Alcibíades, que pasaba de mano en mano, de manteo a manteo, junto al broquel y el arcabuz escondido, y donde se ponía a parir, literalmente, a los príncipes, magistrados, obispos y monjes de la Iglesia, los cuales habían confundido las riquezas, la estirpe y los bienes corporales con los valores cristianos. En la calle libreros hubo una imprenta, de las más importantes de toda Europa, donde sus máquinas escupían vertiginosamente toda la obra de Erasmo, traducida a la lengua vulgar, que por entonces, empezaba ya a ser muy rica –como lo muestra la gramática de Nebrija, profesor viejo de Alcalá-, para difundir lo que se llamó posteriormente el humanismo cristiano. Manuel Azaña, se crió, por tanto, en esas calles donde pugnaban dos Españas: la humanista, la cisneriana, la que propugna la vida cristiana, la de los príncipes de la paz y la de la Reforma, por un lado; y la de Trento, la monacal, la conventual, la que propugna el valor del Poder terrenal de la jerarquía eclesial sobre la tierra: la contrarreforma. Añaza conoció la derrumbada moral de la ciudad siendo un neófito intelectual que pateaba aquellas calles pobres. El casinillo, construido recientemente, y en el Paseo de la Estación, eran sendos ejemplos de los cambios necesarios que la burguesía podía llevar a cabo. Posiblemente viera Azaña que la manera de regenerar la vida social y política de su país fuera la de aquellos burgueses. Sin embargo veía, como Ortega, que la Política estaba copada por los que tomaban café en el casinillo decimonónico de la Plaza de Cervantes, con sus retorcidos bigotes; como esos príncipes de Salina Gatopardianos, , pero, cortos de miras y caracterizados por la inepcia, eran incapaces, ni tan siquiera, de mover los hilos para que todo cambiase para que todo siguiera igual. Aquella fue la infancia de Azaña, en el ambiente regeneracionista, la filosofía de Krause, la crisis finisecular. A la vez Pio XII condena el materialismo, el liberalismo y el socialismo. Se masca la tragedia. ¿Qué influencia tendría la vieja Alcalá para su postura intelectual, ética y moral? Esa es la pregunta que trataremos de responder aquí.

LA CALLE DE LA IMAGEN Y EL PENSAMIENTO ÚNICO

Nació Miguel de Cervantes Saavedra en una humilde casa alcalaína. La que hoy se muestra como casa-museo natal sirve para ver como era una casa acomodada del siglo de Oro, pero nada más. La casa que se visita bien podía ser la del caballero del Verde Gabán, pero no es la de Cervantes... ni la de Don Quijote. La verdadera casa, esa sí, donde Miguel nació está situada al lado de la que se exhibe. No colindante, pues entre medias queda la calle de la Imagen. Esta casa es conocida por los alcalaínos como "Casa de la Calzonera". Documentos hay que atestiguan que era propiedad de los Cervantes en aquella fecha; como hay documentos, gracias a Trento que obligó al efecto llevar anotados los bautizos, de que Cervantes fue bautizado en la capilla del Oídor. También que el propio plumeador, en documento escrito de propia mano, se define como alcalaíno. Esa discusión hace tiempo que quedó zanjada, y todos los cervantistas la dan por sentada con unanimidad. No es a eso a lo que quería referirme. De lo que quería hablar era de esa casa con la cual "la de la Calzonera" es vecina. Es esa otra casa, como digo, de singular importancia. Una casa burguesa y decimonónica, que rara vez no estaba llena de pintadas politizadas de todo tipo, donde nació otro españolísimo. Quijotesco, vilipendiado, ultrajado y maldecido: Don Manuel Azaña. Presidente de la II República española. Es la "calle de la Imagen", en honor al convento de las carmelitas, una singular vía española. El visitante que acude los domingos a Alcalá no suele advertir su importancia: sin embargo, pocos saben lo que laten esos 70 metros que van desde la calle de Santiago a la Mayor. En ella laten, otra vez, las dos Españas. En esa calle nacieron Cervantes y Azaña. Santa Teresa de Jesús, la mística, fue priora de un convento que allí se encuentra, en otro modelo de religiosidad subjetiva e individual: para sí. En ese espacio urbano mínimo, a ras de tierra, late una España: la que habla, la que dialoga, la que escribe, la que razona: Cervantes, Azaña y Santa Teresa. Sin embargo, en esa misma calle, queda bien claro quien es el que manda: la cúpula del convento de la Magdalena, que se alza al cielo, cae al medio de la calle, en perspectiva, con una clara intencionalidad. El de imponerse a todos los demás: el Pensamiento Único, los claustros, Trento, la ignorancia, los que rezan y el oscurantismo. El nombre de la calle es sintomático: habiendo nacido en ella Cervantes y Azaña, lleva como nombre la de un convento. Siempre he dicho que para visitar Alcalá de Henares lo que hay que hacer es admirar las perspectivas. Los puntos hacia los que confluyen los ojos. Allí se encuentran las verdades españolas. El oprobio se sitúa a ras de tierra. Todos los intentos por rehabilitar la figura de Don Manuel Azaña, el político burgués, intelectual y republicano, se hacen imposibles. Es por ello que yo, aquí, voy a tratar de exponer su pensamiento político. Hoy con pequeñas pinceladas. Era Azaña un platónico, un español hasta las cachas, que abogaba por ideas que ahora son del todo arrumbadas: El estado laico, la refacción de España, la reivindicación de la civilización y de la modernidad, junto con la reivindicación de lo humano para el español. Los salvapatrias condenaron a una mente preclara, un defensor de las ideas mediante el diálogo, al ostracismo. Mediante soflamas interesadas, medias verdades y mentiras interesadas que tenían como objeto eliminar una cosa: La verdad, la claridad y el diálogo socrático para alcanzarla. La verdadera realidad en la que vivió Azaña era la de una España que no atendía a esas razones, en una de las mayores perversiones que puede sufrir una democracia: que un gobierno posterior no respete en nada lo realizado por un gobierno anterior, en momentos donde el antagonismo se vuelve atroz y los odios se enconan. Pocos eran los preparados para entender a Azaña. Como pocos son los preparados para entender a Cervantes... y al Quijote. La II república se encontró débil desde el inicio: tratar de separar la Iglesia del Estado era inconcebible para los que mandaban. Eran incapaces de entender, y aún hoy lo son, de que la religiosidad, la confesión religiosa pertenece a la conciencia individual; y que, por tanto, la Iglesia y no el Estado debía atenderla. Ese fue el pensamiento de Azaña que las cavernas eran incapaces de transigir. En momentos como el de hoy, 30 aniversario de la Constitución Española de 1978, el oscurantismo sobre la figura de Azaña es aún cruel, y el Pensamiento Único impera hoy, como siempre. Azaña acabó como todos los que tienen razón y dicen verdades: condenados a beber cicuta. Pero murieron buenos, no como otros, que bajo tierra santa guardan sus huesos. Hablar hoy de una república democrática es como poco una aberración, condenando a los que tienen ese pensamiento y esas ideas de Libertad, Igualdad y Fraternidad. Repitamoslo: Azaña era un burgués, un republicano y un intelectual. Un español y castellano hasta la médula. Una salva para mi compatriotas Azaña, Cervantes y a todos aquellos que han visto la luz de la filosofía fuera de las cavernas.

ALCALÁ DE HENARES LO ESPAÑOL, Y LA CRISIS FINISISECULAR DE 1898
Siglo XVI

Son las calles de la vieja Alcalá de Henares testigos mudos y doliente de lo “español”. De lo genuinamente español: de eso que hierve en las entrañas y que llora apasionado con un niño muerto en brazos, arrebatado por las balas y por el odio. Ya he señalado en otras ocasiones como esta vetusta ciudad cobra significado de nuestra Historia común. Desde el poblado íbero de Iplacea, pasando por el cruce de caminos romano de "Compluto", y la frontera natural que supone la alcarria del Henares a los reinos de Alá. Sin embargo, su esplendor llegó con la fundación de su Universidad, al socaire de los aires culturales del Renacimiento europeo. La clarividencia de Cisneros, confesor de la Reina, hombre de Estado y Regente del reino católico, previó la reforma necesaria del clero ignorante y zafio. Se acudió a las fuentes claras de cristianismo, a los padres de la Iglesia, y la Biblia fue objeto de estudio humano: el “Renacimiento español”, aunque éste no adquirió el significado que hoy se le da y que no se sustasnció hasta siglos más tarde, es sinónimo de Alcalá de Henares . La gran habilidad de Cisneros fue hacer a Alcalá en todo un centro del saber moderno, único en Europa: La teología se estudiaría, a opción del estudiante, por tres vías diferentes: Escotista, nominalista o tomista. Ésto significaría un símbolo de modernidad en un mundo donde la escolástica medieval había quedado recluida al saber de los monjes en abadías. En sus largas calles, tiradas a cordel, en sus corrales, en sus conventos, hasta hace poco descabezados, hierven las dos Españas. La cultura del Renacimiento, de Erasmo, del humanismo cristiano, de la vuelta a los clásicos de Grecia y Roma, a un lado, y la cultura del Barroco, de Trento, de Felipe II, y, otra vez, de los conventos, al otro lado. Ay! , madre Alcalá. Dos Españas que se gestan para hundir sus pies y darse de palos, como mostraría Goya posteriormente. Por las casas de pupilaje, por las repúblicas de estudiantes, por los colegios complutenses empieza a gestarse España: Lope de Vega, Quevedo, Calderón, Mateo Alemán, Vives, Nebrija, Valdés, San Juan de la Cruz y el cerro de la Vera Cruz, monte desolado con altiplano, que recuerda el monte de el calvario, presidiendo los colegios. La Vera Cruz, lugar del Ecce Homo, nombre como también se le conoce. Alcalá de Henares se constituye, así, como el ideal de la ciudad de Dios, la Civitas Dei, postrada a los pies de la cruz que se yergue al horizonte, como dibujó el Greco para Toledo, se idealizaba en la que sería ciudad universitaria de sus arzobispos. Después llegó El Barroco: los conventos, si los conventos, se alzan sobre el plano complutense y coparon las perspectivas urbanas. La congregaciones tratan de restar poder a la Universidad: La ignoracia, una vez más, puede al saber. De ahí , de ese conflicto, nacerá Don Quijote, que morira sabio y bueno si haber habitado nunca ningún claustro; mientras, en nuestra ciudad, los conflictos teológicos se debaten en sus aulas, así como las relaciones de Poder dentro de la Iglesia y las herejías. Erasmo, Lutero, al principio. Después Jansenio, y su doctrina de la justificación por la fe, contra los jesuitas, congregación de caballeros cristianos fundados por un sopista de Alcalá: San Ignacio de Loyola. En las calle de Alcalá, los estudiantes, con sus manteos donde ocultan las bocas de fuego y el broquel, se dan a las armas reconstruyendo la guerra de las comunidades y en el callejón de peligro, junto a la posada de la parra, a duelo se baten. Empieza a hervir, humildemente, la que será España en esas calles ilustres que ven pasar los tercios del Rey, que paran en los bodegones. La calle de Santiago matamoros, la más larga, se colocará en pleno barrio árabe y la imponente cúpula de los jesuitas se colocará, desde esa perspectica, en el centro de ella, señalando claramente quien manda allí. En otra perspectiva dará sombra a San Idelfonso. La Alcalá barroca ha derrotado a la Alcalá humanista; las órdenes religiosas, más poderosas, compran los terrenos más caros, en un ejemplo de urbanismo religioso, con el afán de que sus torres, pináculos y campanarios sean vistos desde más ángulos posibles. Dinero, Iglesia, Claustros, Poder e ignorancia. Palas Atenea es prohibida. El Guzmán de Alfarache, el Lazarillo de Tormes, el Buscón y la picaresca de un reino de súbditos que se mueren de hambre, para más gloria de un imperial Rey, se gestan en Alcalá.... En una humilde casa, al lado de la que se muestra como tal, la de la calzonera, nace un niño llamado Miguel. De mayor luchará contra el turco, junto a Juan de Austria, en Lepanto, donde quedará manco. Y hará cosas más grandes. Morirá pobre, lisiado... y con los años pasará a ser el mayor Ingenio de las letras humanas, en la obra más Universal del arquetipo español: El Quijote.

1898

1898: Ha quedado Alcalá de Henares largos años a trasmano; a la retaguardia de lo español. Ser alcalaíno, como Cervantes, como Azaña, el patriota republicano, significa ser español hasta la médula, hasta los tuétanos; pero una clase de español algo diferente: un español lúcido, un español consciente de su ser. Unamuno recorrió la ciudad del Henares cuando ella era ya un solar triste, somnoliento, rural y carpetovetónico. Triste, si triste. Las murallas que envolvían la ciudad se caían a cachos y los edificios que fueron Universidad se derrumbaban y desaparecían. Aquellos antiguos colegios esperaban a los estudiantes que, parecía, nunca volverían. Un triste tren, de vez en cuando, pasaba por un Alcalá decimonónico, donde, en una de sus posadas, se recrea “el sí de las niñas”, de Moratín. La desmortización liberal, el centralismo, la eliminación de los viejos fueros condenaron a la ciudad... pero todavía había cosas peores. Alcalá, modelo de ciudad universitaria para el nuevo mundo, en un mundo colonial basto perteneciente a reyes ineptos y de súbditos que se morían de no comer se convirtió en una pobre ciudad rural de edificios ruinosos: como lo fue toda la España finisecular. Una ciudad donde solo mandaban cuatro: el cacique, el cura, el médico y el boticario. Los que se reunían en el casino a jugar al Mus en el Casino, para hablar de regeneracionismo, pero no mover un dedo, en verdad ! Con lo bien que sabe el anis y el Brandy!A lo lejos, desde el cerro del Ángel, se divisa el caserío, que se derrumba, de cúpulas decrépitas, de relojes parados, de torres caídas y espadones sin campanas. Al atardecer, los braceros hastiados de la siega -su única temporada de trabajo- acudían de los campos; y las mejores familias paseaban por la calle del comercio. Las mujeres con sus vestidos de tul, sus encajes, sus corpiños, sus sombrillas y sus monederos colgando, compran roscas de Alcalá en las tiendas y son chicoleadas por los militares de repmplazo que ahora ocupan los hundidos edificios. Los señores, en el casino, aburridos, juegan al mus y, recostados en sus sillones, hablan de política cuales Menéndez y Pelayos: mucha palabra y pocas soluciones para una España que lleva el paso de un carro. La única industria que hay en esa Alcalá que visitó Unamuno es una fábrica de ladrillos, parada casi todo el año. Mientras, los labriegos, los braceros y los obreros sin trabajo están lampando, mientras las viejas que mean de pie, buscan algún gato o rata para hechar al caldero. Se va haciendo de noche. Llegará la noche. Y la tormenta. Las sombras de “el Viso” dejan la alicaída ciudad, otrora brillante, en penumbra. Alguna vez, algún carro, entra en la ciudad a esas horas y un perro en sus calles, empedradas con cantos redondos, ladra solitario. ¿Qué era España en 1898? Se preguntan todos con tristeza. Las viejas monjas en sus conventos, el ejercito acuartelado en viejos colegios que se caen y las putas. En Alcalá de Henares, mi Álcalá, putas, monjas y militares. Nada más quedaba. Alcalá de Henares: reflejo todo de la España toda, que sufre y llora. Las monjas, con sus garrapiñadas, rezan en los conventos. Sus jóvenes sin dinero para pagar su excedencia, también: es el sorteo de quintas, y los ejércitos se baten en Cuba, en África, y en Filipinas, luchando por una España que nadie sabe lo que es ya. Los que fueron subditos del rey de las Españas, se aburren sin nada que hacer, y sus estómagos vacíos, claman por las tierras circundantes muertas con el afán de trabajarlas Las viejas, en el camino de Guadalajara o de Madrid, se calientan vendiendo a algún despistado transeúnte sus dulces almendras.

"Discursos políticos", de Ortega y Gasset. Alianza Editorial.


Texto de 2009


Continúo hoy con uno de los libros que me causó un considerable impacto en su día y en virtud del cual inicié el descubrimiento de una de las épocas más apasionantes de la historia política española reciente: la que va desde la crisis finisecular (1898) hasta la II República (1931-1936). Con todos los antecedentes, pues, a la misma crisis, hasta las consecuencias de tan grave ruptura de la convivencia civil y política española, significada por el conflicto bélico civil. Conflicto de graves consecuencias y necesario entendimiento al día de hoy. Este libro son los “Discursos Políticos” de Ortega y Gasset, recogidos en volumen por Paulino Garragorri. Si, como dicen, Ortega es un semillero de ideas, para mí la lectura de este libro significó el inicio de una madeja y un feliz descubrimiento. La actividad política de Ortega había quedado condenada al ostracismo por la política cultural de la dictadura nacional-católica, cuyo generalato había recaído en Francisco Franco; es por ello que la actividad política de Ortega significó un descubrimiento vívido, y circunstancial –como él solía decir-, de la experiencia política en la que intervino. A mí me supuso una toma de contacto muy real con la actividad política de la época en la que formó parte -los debates parlamentarios-, y digamos que abrió el hilo al estudio de los acontecimientos, históricos y políticos. Luego descubrí los de Azaña, que me dejaro tumefacto, en primer momento, y lívido después. Siendo bueno Ortega, Azaña dió en el clavo. Ambos eran de la generación de 1917. La calidez, la persuasión, la excelente calidad oratoria y el lenguaje empleado permitían sentir de cerca, digamos como si se le oyese, la voz de Ortega. Desde las conferencias políticas en el Ateneo, o en el Sitio de Bilbao, hasta sus intervenciones en el Congreso, permitían descubrir la voz siempre reflexiva y el ánimo pedagógico y constructivo con el que participó en la vida pública. Pero aún más, este libro me sirvió para descubrir cuáles eran los debates candentes a los que la vida política española se desplegaba. Por eso recomiendo su lectura, como una buena manera de entrar en aquella época histórica y descifrar hechos que aún no están resueltos, como es el caso de la intervención de Ortega al tanto del Estatuto Catalán o el Discurso sobre “La ciencia y la Religión como problema político”. El descubrimiento de estos discursos significó para mí, en su día, un descubrimiento de una actividad pública en este país que ignoraba hubiera acontecido; y me imagino que su publicación en las épocas de transición a la democracia hubo de causar semejante descubrimiento a todos aquellos que trataban de hacerse una composición de lugar sobre los hechos acaecidos y tan poco y mal explicados. Si Unamuno no era del todo conocido, al estar prohibido sus obras más importantes, como era “la agonía del cristianismo” –y que explica muy mucho la naturaleza del régimen e, incluso de la Guerra – tampoco era conocido la actividad política de Ortega. La conferencia primera sobre los problemas nacionales y la juventud, ofrecida en 1909, en el Ateneo por un joven Ortega es la primera participación pública: en aquel lugar donde la joven intelectualidad aparecía disidente al sistema parlamentario liberal de la Restauración de Cánovas. En ella se advierte la preocupación por los problemas de España y, a su vez, la postura que tomará uno de los miembros de la Generación del 17, como lo es Ortega, y el espíritu que impregnará a éstos; como también acontecerá con Azaña; con el cual tengo, en política, mayores simpatías faciles de comprender: es acalaíno y jugó de niño en las mismas calles complutenses que yo, rodeado de espadones de la Contrareforma: es por ello que considero que Azaña iba más certero: conocía el dificil debate teológico complutense, y aunque Marcel Bataillón aún no había escrito su libro sobre Erasmo, Azaña lo intuía. Los sucesos de 1909, la semana trágica de Barcelona, son los que despertarán al joven Ortega por la intervención en política, en la que verá una necesidad de Pedagogía política; la guerra de Melilla, así como la intervención gubernamental de usar el aparato del estado, infringiendo un desaforado ataque al Estado de Derecho en su actuación, despiertan al joven Ortega. Y despiertan a lo que para él considera un problema generacional: lo jóvenes son los que han de dar impulso regenerador, ante unos viejos que han creado una democracia irreal, como es la Restauración de Cánovas, y la falta de intervención pública de la sociedad española en tal sistema político. Ortega opta por una búsqueda a la solución de los problemas nacionales: Europa. ¡Europa es Ciencia! En Europa había nacido el liberalismo; y España no era parte de él

MATEO 6.24: NO PODÉIS SERVIR A DIOS Y A MAMMON


Las metáforas teológicas de Marx (Dussel) IV


«No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen y donde ladrones minan y hurtan, sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón [...] Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a Mammón».
Mateo 6:19-21.24.2

Una de las claves para la lectura de Marx como teólogo se encuentra en que Marx es un conocedor eximio de la Biblia. Sus posteriores exegetas eran muy mediocres intelectualmente hablando en ese aspecto –al igual que los propios teólogos oficiales del régimen prusiano-, por ello todos los pasajes teológicos se los pasaron por alto. Es por ello que la hermenéutica marxista es muy mediocre. Como explica Dussel, para la tradición semita y cristiana la sangre es sinónimo de vida; así la sangre, la vida humana, del trabajador es sacrificada al fetiche, que queda transubstanciada en el capital como “trabajo muerto”. En su tesis doctoral escribe sobre las pruebas sobre la existencia de Dios y afirma sobre la misma que son meras tautologías: ¿No ha reinado Moloch?, se pregunta. El viejo Dios de los Ammonitas, Dios fenicio al que se sacrificaban los hijos, un pueblo que nació de Lot, emborrachado por una de sus hijas con la que yació. Y es que el Levítico 18.21 se indica la orden de no ofrecer en sacrificio a los hijos por el fuego. Pero que es lo que ocurre de veras en la Inglaterra del siglo XIX y hoy en muchas partes del mundo: el trabajo infantil con jornadas extenuantes de trabajo. El sacrificio a Moloch, el capital, la sociedad burguesa. Marx era un pequeño burgués que va pensando las realidades. Es un radical burgués amante de la libertad. Y observa como en el Estado autoritario prusiano, cristiano luterano, se ejerce la censura y la confusión entre el Estado policíaco y la religión cristiana. Marx observará ya en todo ello el fetiche como inversión: la inversión de las cosa es tomada como  persona y la persona por la cosa. Y Marx elaborará la crítica desde el pietismo. La confusión del principio político con el  principio religioso-cristiano, que pasa a ser la confesión oficial, en una religión que ampara lo terrenal y que es culto del estado absoluto: Una tergiversación total del “civitas dei” de san Agustín.  Una crítica dura a la cristiandad -y al Estado teocrático judío-, realmente nacida en el imperio bizantino, como la de los profetas de Israel. Marx coincide con Kieerkegaard - que en Dinamarca- desde el pietismo está en lo mismo. Sin embargo, Marx pronto pasará a la cuestión del Dinero: y les dirá nítidamente que cuando consideran dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, entienden por príncipe de este mundo a Mammón, al oro, y a la libre razón como sinónimo de él. Marx se presenta como periodista tal como el profeta Oseas: polilla para Judea y carcoma para Israel. Y que estos dioses son fetiches: dioses salidos de sus manos. Ese es el dios al que adoran en Prusia. Marx, como teólogo muy ducho –más ducho que aquellos a los que se refiere-, se lo echa en cara: Marx se lo espeta a teólogos mediocres. Y Marx no es un periodista cualquiera: es un alumno ayudante de Bruno Bauer. A Moloch se le sacrifican vidas y a Mammon el fetiche, Dinero, obra producto de las manos del hombre mismo, y en el que objetivan su poder. Una crítica teológica muy severa. Pues es la adoración al fetiche, a una cosa inanimada que abandonará su carácter natural para satisfacer sus deseos. Mateo 6.24 lo deja claro: “No podéis servir a Dios y a Mammon”. Y en el salmo 115 donde dice que “sus ídolos son plata y oro, hechos de la mano del hombre, tienen boca y no hablan, ojos y no ven, orejas y no oyen”. Ese es el Dios fetiche al que se adora. Porque fetiche significa un Dios hecho a mano al que se idolatra. Y esa es la religión oficial prusiana, el luteranismo: una religión fetichizada. Un culto a los dioses fetiche.